Sí, me parece que nos vamos a cansar de oír eso de que no podía ser que la gente se endeudase pensando que todo iba a ir más que bien durante toda la vida (rollo wishful thinking). Menos mal que ahora todo queda escrito y a mucha gente se le van a tener que subir los colores (y con un poco de suerte algo más).
Aquí, tenemos un ejemplo de un blog de expansión:
Tiembla la vivienda ¿Y el efecto riqueza?Hace unos años, surgió la siguiente pregunta en los mercados y entre los analistas económicos: por qué en muchos países se ahorraba menos que antaño y qué efectos puede deducirse de este nuevo paradigma. En algunos, como Estados Unidos, ni siquiera se ahorraba. Sus ciudadanos parecían vivir confiados en el futuro, endeudándose y gastando. La respuesta a lo que estaba ocurriendo era sencilla. Simplemente, los ciudadanos no ahorraban porque veían que sus dos principales activos, vivienda y acciones, iban revalorizándose año tras año. Sobre todo, la vivienda. De ahí, la expresión efecto riqueza. En resumen: "Soy más rico, no necesito ahorrar y, además, puedo seguir gastando más y endeudarme con la seguridad de que mis activos son mi mejor aval para el futuro".
En pleno jolgorio de liquidez en el mercado inmobiliario de Estados Unidos, hasta la gente con menos recursos podía acceder a su casa. Se desarrollaron las hipotecas de alto riesgo (o basura), que ofrecían condiciones draconianas a sus clientes bajo fórmulas del todo sagaces para captar nuevos mercados. Por ejemplo, el hipotecado podía librarse de pagar el primer año para pasar luego a pagar altísimos intereses sin necesidad de amortizar capital, o de ampliar los años de carencia en caso de necesidad, etcétera. La entidad prestataria se fiaba de que si en el transcurso de su relación con el cliente había problemas, al final siempre había ladrillos (o madera encima de un terreno, al tratarse de Estados Unidos) que tendría un valor superior al pasado. En plena ola de optimismo nadie acertó a pensar qué ocurría si la burbuja inmobiliaria pinchaba. Tan simple como que el valor actual neto de los precios son inferiores a los de ayer. No hay aval que valga. El castillo de naipes se derrumba.
Tras el pinchazo, el principal interrogante es cuál será su alcance, en Estados Unidos y en el resto de países industrializados. ¿Qué efecto tendrá sobre el consumo y la economía si los propietarios ven que el valor de sus viviendas cae por debajo del valor de su hipoteca? ¿Y qué efecto puede tener sobre los mercados de valores, más allá de las volatilidades diarias que estamos viviendo? España no es ajena a este escenario. El comportamiento financiero de los españoles es, entre los europeos, uno de los que más se parece al de los estadounidenses. A falta de hipoteca basuras, en España sí hay créditos basura, amagados bajo títulos tan rimbombantes como consolidadores de crédito.
Todos conocemos casos de personas y familias que se han endeudado hasta las cejas para comprarse coches de gama alta, para irse de vacaciones a la Conchinchina, para comprarse un yatecito, para tener una segunda residencia o para comprarse ropa de última moda. Nada malo en todo eso. Que cada uno arree con el riesgo que presuma puede soportar; ahora bien, que luego nadie llore. Estos días de agosto escucho en una Barcelona más llena de lo habitual comparado con otros años, que la subida del euríbor y una caída de las expectativas de la economía, están obligando a estrecharse el cinturón. En el puerto de Marina Palamós (Girona), en una empresa de alquiler de barcas, me cuentan que éste es el segundo año de vacas flacas. Reservar en ciertos restaurantes de la Costa Brava puede hacerse de un día para otro cuando hace un año se tenía que reservar tres días antes. Las estadísticas macroeconómicas que apoyarán o no nuestra economía real de todos los días están por llegar. Los síntomas existen y nadie debería frivolizar sobre el aquí no pasa nada. Porque algo pasa. El efecto riqueza también tiembla.

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